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Mercedes de Cecilia

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Sábado, 03 de marzo de 2007

LA MUERTE DEL SOL

Artículo publicado en el periódico universitario El Vicent

Estados Unidos advierte al mundo sobre la amenaza roja en sus películas -sobre todo en las producidas durante la Guerra Fría, como algunas de Hitchcock- pero al mismo tiempo se está tornando un gigante con un color anaranjado que tira a rojo. Lo de gigante por las dimensiones que está adquiriendo, tanto en el peso político como en el despliegue de sus tropas, y lo de rojo porque las estrellas pequeñas o medianas, como nuestro sol, se convierten en gigantes rojas unos cientos de años antes de expirar. Cuando todo el hidrógeno se haya convertido en helio, el sol utilizará este último elemento como combustible para sobrevivir y por necesidad habrá de expandir su radio, y por necesidad se tornará de un color rojizo. Estados Unidos por necesidad se ha visto obligado a expandir su radio, o eso es lo que dicen ellos mismos, que hablan de la imperiosidad de enfrentarse a un enemigo que les acecha por aquellos parajes, bien lejos de Occidente, donde las muertes parecen ser menos importantes y la inmunidad está a la orden del día. Pero ese enemigo es transparente: por mucho que quieras cogerlo, se te escapa de la mano, se escurre como un pez y va a parar a las aguas musulmanas, que están pagando por los pecadores que atentaron en Nueva York.

El problema está en que Estados Unidos quiere defenderse pero no sabe de qué, quién es su enemigo, dónde está. Preguntas sin respuesta, o con respuestas dubitativas, o tan sólo con palabras de relleno, de las que se dicen por pura inquietud. Se trata de encontrar una calma momentánea que cada dos por tres se interrumpe por la sospecha de una mochila o el mal cierre de un envío, o por un pasajero con rasgos musulmanes, como le pasó a un profesor andaluz que iba a Londres. La tensión se agudiza en el plano internacional y se torna delicada, fina como una hoja de papel, cuando grupos exaltados queman banderas europeas día sí, y noche también, o el papa viaja a Turquía mientras Occidente contiene la respiración. Y a este respecto, la guerra de Irak, que pretendió ser una especie de “guerra de salvación” tanto para los unos como para los otros –esta es la justificación que vendió EEUU-, se cobró miles de vidas inocentes y se las cobra todavía hoy, a modo de “efectos secundarios”, pero no ha resuelto el problema de esa tensión, de esa inquietud que provoca palabras de relleno. De modo que estamos donde empezamos, o incluso peor. La abismal diferencia está en que hay unas cuantas vidas menos de por medio…

El sol morirá dentro de cinco mil millones de años, cuando ya no sea posible transformar el hidrógeno mediante fusión nuclear, que es la reacción que genera la tremenda energía que llega a la Tierra, ni tampoco transformar el helio en otro elemento. Después de ser una gigante roja, pasará a ser una enana blanca, como ha pasado con el Imperio hispánico, por ejemplo, o con la hegemonía holandesa en la edad moderna. Porque todo lo que empieza tiene un final, dicen las leyes del universo, que es animal fiero en constante evolución. Sería osado decir que Estados Unidos es la excepción a este proceso, pero con los tiempos que corren, parece tan improbable que también sería osado para un historiador -o más bien poco acertado- decir lo contrario, sobre todo pensando que un historiador no predice, sino explica –como dijo Marc Bloch, la historia es la ciencia de los hombres, entendiendo esto como el estudio del ser humano, su pensamiento y circunstancia-. Mirar al futuro es difícil y ejercicio odioso para muchos, que lo consideran una sandez, y es que con el apoyo firme de las sorpresas que demuestra dar la vida… el futuro no es tan predecible como quiso Fukuyama en su “fin de la Historia”.

Con lo que una observa a su alrededor, que está bajo la sombra perpetua del gigante occidental -una multinacional voraz embutida en una sola nación-, se diría que, efectivamente, Estados Unidos va consumiendo el mundo como el sol consume el hidrógeno. Y no sólo sus reservas de petróleo sino también su cultura y formas de vida –es el principal agente globalizador-, además del propio bienestar de la naturaleza, que flaquea ya de forma grave ante la pasividad de un Bush contaminador y contaminante. Los huracanes acechan a la costa este y la temperatura se va por las nubes, los terroristas lanzan amenazas y el odio a Occidente se asienta en miles de familias musulmanas. En la Casa Blanca, la lluvia ahora es ácida por los vertidos industriales y arruina la cosecha de todo un gobierno republicano, que escucha cómo las gotas caen al otro lado de la ventana presidencial, y cómo con cada una de ellas caen también miles de críticas a la gestión de un Irak que se lleva buena parte de los impuestos de la gente, cuando no sus propias vidas. Los problemas se agolpan en Estados Unidos. Pero éste se expande, aumenta de volumen y reduce su masa, que sería reducir la fuerza, la credibilidad, el consenso interno y externo. Eso se llama perder densidad, ampliar el radio finalmente. Tal y como hace una gigante roja.

El siguiente paso en la muerte de una estrella es convertirse definitivamente en una enana blanca. Éstas en su mayoría se enfrían gradualmente, caminan despacio hacia su propia desaparición, pero si su masa supera un determinado límite, “la fuerza de su propia gravedad la hará colapsar aún más y se detonará en una explosión supernova espectacular”. Astrofísica: ciencia natural cuyas predicciones son infinitamente probables. Con ella en una mano y con el presente artículo en la otra, me resulta inevitable pensar en las bombas nucleares y en los muchos Hiroshimas del siglo XXI… Estaríamos ante el fin del mundo, y quien sabe si ha empezado ya pero nadie se ha dado cuenta. Al fin y al cabo, si el sol se apagara en este mismo instante tardaríamos ocho segundos en percatarnos.

Estados Unidos es una gigante roja –y lo de roja viene por las altas temperaturas que está rozando-, que se halla inmersa por segunda vez en una Guerra Fría en la que la paz es imposible y la guerra “inconveniente”, con la particularidad de que el enemigo es incorpóreo, una diferencia sustancial que le hace dar patadas al aire, a tientas, en busca de un ojo de huracán que ni siquiera ha visualizado antes. Y en ese mismo aire, además, se respira la sensación de que todo esto no acabará con la caída de otro muro de Berlín. Todo un ambiente propicio para otra nueva película de Hitchcock… pero esta vez con otro gigante rojo de protagonista.

Por: Mercedes | Artículos | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Deseo que EE.UU. se convierta en enana blanca (aunque espero que no acabe estallando como una supernova), para que deje paso al nuevo gigante rojo chino. Sólo por curiosidad y ganas de variar un poco.
Un saludo.

redwine | 20-04-2007 08:24:56

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